La Copa FIFA Confederaciones, que ayudó a revelar un Brasil distinto de lo imaginado, debería escarmentar a todos los gobernantes en esta nueva era de opinión pública activa y callejera. El ¿para quiénes? tiene que estar muy claro al diseñar cualquier gran proyecto o iniciativa.

Las protestas que sitiaron los estadios durante el torneo en junio subrayaron, con una contundencia inesperada, que las abultadas inversiones exigidas por la Copa Mundial de 2014 atienden a intereses particulares, como los de la FIFA y constructoras, en desmedro de  las necesidades sociales del país.

Los 12 estadios que acogerán los 64 partidos de la Copa costarán 8.300 millones de reales (3.700 millones de dólares) en su construcción, reconstrucción o reforma, según la más reciente estimación, 60 por ciento superior al presupuesto inicial.

El estadio de Maracana, renovado para el Mundial de Fútbol. Crédito: Érica Ramalho/Governo do Rio de Janeiro - CC BY 3.0 BR

El estadio de Maracana, renovado para el Mundial de Fútbol. Crédito: Érica Ramalho/Governo do Rio de Janeiro – CC BY 3.0 BR

Los gastos totales alcanzarían 28.100 millones de reales (12.500 millones de dólares) sumando los destinados a aeropuertos, vías y medios de transporte urbano, telecomunicaciones y seguridad, según el Ministerio de Deportes.

Buena parte de las obras, como las ampliaciones de aeropuertos, son una necesidad independiente de la Copa. Pero las que mejoran la movilidad urbana y que más beneficiarían a las poblaciones locales, son las que llevan mayores atrasos y no serán concluidas antes del megaevento. Además, responden a la lógica del traslado a los estadios, que muchas veces no coincide con las exigencias urbanísticas.

Para los manifestantes que ocuparon masivamente las calles y alrededores de los estadios en las grandes ciudades brasileñas durante casi todo junio, los recursos deberían destinarse a mejorar la educación, la salud y otros servicios públicos, como los transportes colectivos. Una reacción que parece negar la pasión brasileña por el fútbol y el entusiasmo con que el país celebró en 2007 su elección como sede de la Copa en 2014.

La pasión sigue y se manifestó en la Copa Confederaciones. Pero los mismos hinchas que “torcieron” por  la selección nacional, dentro de los estadios, protestaron también contra la desviación de prioridades. Abuchearon a la presidenta Dilma Rousseff y cantaron toda la primera parte del himno nacional, antes de los partidos, rebelándose contra reglas de la FIFA.

Nada contra el fútbol o la selección, pero sí contra la corrupción y la explotación privada de la Copa.

Agravaron ese rechazo las muchas imposiciones de la FIFA, percibidas como violaciones de la soberanía nacional. El cupo mínimo de los estadios, por ejemplo, obligó a la construcción de algunos elefantes blancos. Eso se admite incluso en algunos proyectos.

El de Cuiabá (capital del estado de Mato Grosso, en el centro-oeste de Brasil) prevé una reducción de 30 por ciento en sus 43.600 asientos después de la Copa.

El lujo, que las protestas bautizaron “estándar FIFA”, con el precio correspondiente de los billetes de entrada, excluirá de los estadios a los hinchas pobres, más allá de las copas. Los palcos y sectores VVIP (Very Very Important People) se hicieron más numerosos. Es lo que denuncia el reportaje de la agencia Pública que se puede leer aquí.

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